Infinity Dice — Crónicas del Cielo Infinito

Introducción

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Introducción

Si estas páginas han llegado a tus manos, quizá sea porque el cielo ha comenzado a llamarte. No lo ignores. Yo también escuché esa llamada una vez, cuando todavía creía que las ciudades permanecerían para siempre entre las nubes.

Entonces pensaba que los cristales jamás dejarían de brillar y que las grandes naves continuarían cruzando el cielo mucho después de que nuestros nombres fueran olvidados. Qué poco sabía. Qué fácil era confundir la costumbre con la eternidad.

He pasado demasiados años lejos del Cielo Infinito. Aun recuerdo el viento de altura, frío y limpio, cargado con el olor de la lluvia, la madera barnizada y los motores de cristal. Ningún otro cielo volvió a parecerme tan grande.

Extraño las torres de Nimboria, donde las ventanas permanecían abiertas para que los sueños pudieran entrar durante la noche. Al amanecer, los intérpretes recorrían las plazas intentando separar las profecías verdaderas de los simples deseos. Allí, hasta el sueño más pequeño podía cambiar el destino de una familia.

Más al norte se encuentra la ciudad de los pueblos de lana, construida entre nubes tan densas que sus habitantes aseguran que fueron tejidas por los dioses. Sus sueños se comparten, se registran y se estudian. Un presagio puede decidir un matrimonio, un viaje o una guerra.

También recuerdo los pueblos de los perros parlantes, levantados sobre colinas suaves y caminos anchos. Sus casas no tienen escaleras innecesarias y sus puertas pueden abrirse con el hocico o una pata. Vi herreros trabajar junto al fuego, escribas dictar tratados a plumas encantadas y guardianes patrullar durante noches enteras.

En los mercados del Cielo Infinito puede encontrarse casi cualquier cosa. Orcos mecánicos venden piezas recuperadas de máquinas antiguas, mujeres flor ofrecen semillas lunares y enanos comercian con herramientas capaces de recordar a sus dueños. Entre todos ellos, los hombres gato observan con demasiado interés las bolsas mal cerradas.

Los viajeros cuentan historias aún más extrañas. Hablan de bosques más antiguos que las ciudades, desiertos cuya arena cae eternamente al vacío y cascadas que desaparecen entre las nubes para reaparecer a cientos de leguas. También mencionan catedrales custodiadas por dragones sabios y colosos mágicos dormidos bajo raíces y flores.

No descartes un relato solo porque parezca imposible. En aquellas tierras, la imposibilidad rara vez significa falsedad. Muchas veces solo significa que nadie ha sobrevivido para explicarla bien.

Viajarás entre las islas a bordo de barcos que navegan sin mar. Verás sus velas llenarse con corrientes invisibles mientras los cristales bajo el casco cantan con voces profundas. Cruzarás rutas protegidas por fortalezas voladoras y caminos clandestinos donde los piratas esperan ocultos entre tormentas.

Cuando el cielo se oscurezca, evita mirar demasiado tiempo hacia las nubes inferiores. Hay cosas que viven debajo. Algunas son demasiado grandes para llamarlas criaturas y demasiado vivas para confundirlas con islas.

Yo vi una durante la travesía hacia los Puertos del Viento. Se movió bajo nuestra nave durante horas, sin hacer ruido. Al amanecer, el capitán quemó los mapas de aquella ruta y nunca volvió a navegar hacia el sur.

A pesar de todo, daría cuanto poseo por regresar. Quisiera caminar una vez más por los puentes de Nimboria, escuchar a los marineros descargar mercancías al amanecer y beber té de lavanda en una terraza suspendida sobre el vacío. Quisiera contemplar cómo las luces de las ciudades aparecen entre las nubes.

Pero las tierras que recuerdo quizá ya no existan. Las ciudades están cayendo. Primero desaparecieron pequeñas islas sin nombre; después cayeron aldeas, santuarios y rutas enteras.

Los cristales que sostienen el mundo se agrietan, y nadie comprende la causa. Algunas ciudades intentan salvarse robando energía a sus vecinas. Otras construyen enormes naves para abandonar sus hogares antes de que sea demasiado tarde.

Los gobernantes preparan guerras y los profetas sueñan con un cielo vacío. En lugares donde ningún viajero es bienvenido, antiguos consejos observan cada caída mediante orbes custodiados por monjes ciegos. Tal vez sepan qué existe bajo las nubes o por qué las ciudades fueron elevadas.

No puedo acompañarte. Mis manos tiemblan demasiado para sostener una espada y mis piernas ya no soportarían la cubierta de una nave durante una tormenta. Por eso te entrego estas páginas.

Aquí encontrarás los mapas que logré conservar, los nombres de quienes todavía podrían ayudarte y las advertencias de aquellos que no regresaron. Encontrarás ciudades perdidas, criaturas imposibles y caminos que solo aparecen cuando nadie los está buscando. Pero ningún libro podrá prepararte para la primera vez que veas el Cielo Infinito.

Cuando tu nave atraviese la última capa de nubes y las islas aparezcan ante ti, comprenderás por qué quienes nacimos allí nunca conseguimos sentirnos en casa en ningún otro lugar. Mira bien esas tierras. Recuérdalas por mí.

Y si alguna noche el viento pronuncia el nombre de un viejo viajero, dile que todavía sueña con volver. Dile que nunca dejó de buscar el camino y que su corazón continúa navegando entre las nubes.

Aren Vald, último cartógrafo de las ciudades que caen