Hay pueblos cuya llegada se anuncia con el estruendo de tambores, el vuelo de estandartes o la disciplina de una columna militar. Los Nekomori, en cambio, suelen anunciarse con una puerta que alguien juraba haber cerrado, una bolsa de monedas que pesa menos de lo que debería y una historia tan convincente que nadie descubre la mentira hasta varias horas después. Son un pueblo felino de cuerpos ágiles, sentidos despiertos y una habilidad casi sobrenatural para reconocer los deseos, temores y debilidades de quienes los rodean. Allí donde existe una oportunidad para enriquecerse, escapar de una deuda, alterar un trato o convertir una desgracia ajena en un negocio, es probable que un Nekomori ya haya calculado tres maneras de aprovecharla.
Por esta razón, en muchas islas del Cielo Infinito se los considera canallas, embusteros y oportunistas incapaces de resistirse a una ventaja obtenida por medios dudosos. La acusación no carece de fundamento, pero tampoco explica por completo la naturaleza de este pueblo. Los Nekomori no mienten únicamente para obtener monedas, ni roban solo por necesidad, ni engañan siempre con malicia. Para ellos, la astucia es una forma de inteligencia, la picardía es una herramienta de supervivencia y la capacidad de manipular una situación demuestra que uno comprende mejor el mundo que quienes se limitan a obedecer sus reglas. Un Nekomori puede admirar a un guerrero fuerte o a un hechicero poderoso, pero reservará su mayor respeto para quien logre salir victorioso de una situación sin mostrar todas sus cartas.
Un pueblo nacido entre puertos, tejados y caminos
Los Nekomori no suelen fundar grandes reinos ni reclamar extensos territorios como propios. Aunque existen barrios, aldeas y pequeñas ciudades habitadas principalmente por ellos, la mayoría prefiere vivir cerca de otros pueblos, especialmente en puertos comerciales, ciudades de paso y asentamientos donde el movimiento constante de viajeros les permite mezclarse, comerciar y desaparecer cuando resulta conveniente. En el Cielo Infinito, sus comunidades pueden encontrarse en los niveles superiores de mercados abarrotados, en edificios comunicados por puentes estrechos, en antiguas torres de vigilancia convertidas en viviendas o en barrios de tejados superpuestos donde solo ellos parecen moverse con completa naturalidad.
Su arquitectura refleja esta preferencia por la movilidad y el secreto. Las casas Nekomori rara vez tienen una única entrada, y muchas poseen corredores estrechos, escaleras plegables, trampillas ocultas y pequeñas plataformas exteriores que permiten desplazarse por encima de las calles. En algunos barrios, los habitantes pasan más tiempo caminando sobre vigas, techos y balcones que a nivel del suelo. Los visitantes suelen perderse con facilidad, pues las rutas cambian mediante pasarelas móviles y puertas aparentemente decorativas que conducen a patios interiores, almacenes clandestinos o salidas hacia callejones alejados.
Esta forma de vida ha reforzado su fama de fugitivos y contrabandistas. Una patrulla puede perseguir a un Nekomori hasta una vivienda, registrar cada habitación y descubrir después que el sospechoso cruzó tres tejados, bajó por la chimenea de una taberna, cambió de ropa y se encontraba sirviendo bebidas entre los curiosos que observaban el operativo. Incluso los Nekomori que llevan vidas honestas consideran prudente disponer de una salida alternativa. Según uno de sus proverbios más conocidos, una casa con una sola puerta es apenas una jaula que todavía no ha sido cerrada.
El arte de mentir sin perder la elegancia
Para los Nekomori, mentir no consiste únicamente en pronunciar una falsedad. Una buena mentira requiere comprender qué desea creer la otra persona, ofrecerle suficientes detalles para que complete por sí misma los vacíos y mantener siempre una salida en caso de que la verdad aparezca antes de lo esperado. Los embusteros más admirados no son quienes inventan las historias más extravagantes, sino quienes consiguen que sus víctimas se convenzan a sí mismas. Un Nekomori experimentado puede limitarse a plantear una duda, mostrar una prueba cuidadosamente escogida y permitir que el interlocutor llegue a una conclusión completamente equivocada sin haber pronunciado una sola mentira directa.
Esta habilidad se cultiva desde la infancia a través de juegos, desafíos y relatos familiares. Los jóvenes Nekomori compiten por esconder objetos, descubrir secretos o convencer a sus compañeros de aceptar intercambios desfavorables. Los adultos observan estas prácticas con una mezcla de orgullo y cautela, pues consideran que un cachorro incapaz de detectar un engaño crecerá indefenso frente a mercaderes, nobles y sacerdotes. No se castiga al joven que miente con habilidad, sino al que lo hace de manera torpe, innecesaria o cruel. La mentira que causa una desgracia irreversible se considera vulgar; la que evita un conflicto, obtiene una ventaja o ridiculiza a un arrogante puede convertirse en una historia repetida durante generaciones.
Sin embargo, su sociedad no podría sobrevivir si todos engañaran a todos sin límites. Por ello, los Nekomori distinguen entre la mentira pública y la mentira íntima. Engañar a un extraño, a un rival o a un guardia demasiado curioso puede ser aceptable, pero traicionar la confianza de la propia familia o de un compañero cercano es una ofensa grave. Entre ellos existe la idea de que toda máscara debe poder retirarse en algún lugar. Quien miente incluso frente a aquellos que le ofrecen refugio termina siendo visto como una criatura vacía, incapaz de reconocer dónde concluye el juego y comienza la verdadera lealtad.
Canallas, ladrones y comerciantes de dudosa reputación
La relación de los Nekomori con la propiedad es flexible, especialmente cuando se trata de objetos abandonados, riquezas mal vigiladas o bienes pertenecientes a personas consideradas demasiado poderosas para notar su pérdida. Muchos sostienen que aquello que puede ser tomado sin violencia y sin que el dueño lo descubra de inmediato no estaba siendo correctamente apreciado. Esta lógica ha dado origen a generaciones de carteristas, ladrones de guante blanco, saqueadores de ruinas y contrabandistas capaces de transportar mercancías entre islas bloqueadas por guerras, impuestos o prohibiciones religiosas.
No todos los Nekomori son criminales, aunque incluso sus comerciantes legítimos suelen disfrutar de técnicas que otros pueblos considerarían poco honorables. Modifican precios según el aspecto del cliente, exageran la rareza de sus productos, inventan competidores interesados y son expertos en vender soluciones para problemas que ellos mismos han provocado discretamente. Un mercader Nekomori podría soltar ratones en un almacén y regresar una semana después ofreciendo amuletos para proteger el grano. También podría comprar una carga de vino mediocre, difundir rumores sobre sus supuestas propiedades medicinales y venderla como una reserva perdida de una bodega imperial.
A pesar de ello, sus redes comerciales resultan indispensables. Los Nekomori consiguen medicinas durante bloqueos, encuentran rutas que no figuran en ningún mapa y conocen a los intermediarios capaces de adquirir objetos que ningún mercado abierto aceptaría. Cuando una isla queda aislada o una ciudad necesita recursos con urgencia, las autoridades que antes condenaban sus actividades suelen buscarlos en secreto. Ellos rara vez rechazan estas oportunidades, aunque jamás permiten que sus clientes olviden el favor recibido. Las deudas son una forma de riqueza, y los Nekomori más influyentes poseen pocas tierras, pero innumerables personas obligadas a escuchar cuando hacen una petición.
Las colas y el lenguaje del cuerpo
Los Nekomori presentan una enorme variedad de rasgos felinos. Algunos poseen cuerpos casi humanos cubiertos por una fina capa de pelaje, mientras que otros muestran hocicos pronunciados, patas digitígradas, garras desarrolladas y rasgos cercanos a los de grandes felinos. Sus colores incluyen tonos negros, blancos, rojizos, grises, dorados y combinaciones manchadas o rayadas. La longitud del pelaje, la forma de las orejas y el grosor de la cola varían entre familias, regiones y linajes, aunque estas diferencias rara vez determinan su posición social.
La cola cumple una función especialmente importante en su comunicación. Aunque un Nekomori puede controlar su voz y expresión facial con enorme disciplina, la cola suele revelar emociones difíciles de ocultar. Un movimiento lento puede indicar curiosidad, mientras que golpes rápidos contra el suelo sugieren irritación o impaciencia. Una cola erizada revela miedo o sorpresa, y mantenerla inmóvil durante una negociación suele requerir una concentración considerable. Los estafadores más experimentados entrenan durante años para dominar estos movimientos, y algunos utilizan anillos, bandas o contrapesos con el fin de controlar mejor las reacciones involuntarias.
Por esta razón, mirar fijamente la cola de un Nekomori durante una conversación se considera una grosería comparable a intentar leer una carta privada. Los extranjeros lo hacen con frecuencia, convencidos de que podrán descubrir una mentira observando cada movimiento. Esto casi nunca funciona, pues los Nekomori conocen esta creencia y aprenden a emplearla en su beneficio. Un embustero habilidoso puede agitar la cola de manera deliberada al pronunciar una verdad, fingir nerviosismo ante una acusación falsa o simular confianza justo antes de escapar por una ventana.
Familias, camadas y lealtades verdaderas
La organización social de los Nekomori gira alrededor de las camadas, término que puede referirse tanto a parientes de sangre como a grupos unidos por una profunda confianza. Una camada puede incluir hermanos, primos, amigos de infancia, socios comerciales y personas adoptadas después de compartir una experiencia importante. Sus integrantes no necesitan vivir juntos, pero se espera que se ayuden en momentos de peligro, protejan los secretos comunes y respondan cuando uno de ellos invoque una deuda de camada.
Estas agrupaciones suelen funcionar como redes de apoyo, negocios familiares y pequeñas organizaciones clandestinas. Una camada puede administrar una taberna, controlar una ruta de contrabando o dedicarse a recuperar objetos robados, con frecuencia después de haberlos robado primero. Las disputas internas son comunes, pero rara vez llegan a la violencia abierta. Los Nekomori prefieren resolverlas mediante competencias, apuestas, negociaciones o elaboradas bromas destinadas a demostrar quién posee mayor ingenio. Perder una disputa no resulta tan humillante como negarse a reconocer que el otro fue más astuto.
A pesar de su reputación, la lealtad de un Nekomori puede ser extraordinariamente profunda. El problema es que no suele extenderse a instituciones, juramentos abstractos o autoridades lejanas. Un Nekomori puede abandonar un ejército, traicionar a un patrón o ignorar la ley de una ciudad para salvar a un miembro de su camada sin experimentar conflicto moral alguno. Para ellos, las relaciones concretas tienen más valor que los principios impersonales. Una promesa realizada mirando a los ojos de alguien amado pesa más que cualquier contrato sellado por un rey.
El prestigio de la burla y el peligro de tomarse demasiado en serio
La cultura Nekomori desconfía de quienes se presentan como figuras incuestionables. Reyes, sacerdotes, generales y sabios demasiado solemnes se convierten con facilidad en objetivos de bromas, rumores y pequeñas humillaciones. Para ellos, cualquier persona que necesite ser tratada con absoluta seriedad probablemente oculta una debilidad detrás de su autoridad. La burla cumple una función social: reduce la distancia entre poderosos y débiles, expone la vanidad y recuerda que incluso el gobernante más temido puede tropezar con una cuerda bien colocada.
Muchas de sus historias tradicionales tienen como protagonistas a héroes pobres que engañan a gigantes, convencen a demonios de aceptar contratos absurdos o logran escapar de la muerte mediante juegos de palabras. Estos personajes no vencen gracias a su fuerza, sino porque comprenden algo que sus enemigos ignoran. El gigante se cree invencible, el demonio confía demasiado en sus reglas y la muerte considera imposible que alguien se atreva a mentirle. El héroe Nekomori sobrevive porque observa la grieta en cada certeza.
Esta inclinación hacia la burla puede convertirlos en compañeros difíciles. No siempre reconocen cuándo una broma ha dejado de ser divertida, y algunos utilizan el humor para evitar conversaciones honestas o responsabilidades incómodas. Cuando un Nekomori se siente vulnerable, es común que responda con ironía, cambie de tema o convierta su propia desgracia en un espectáculo. Mostrar dolor sin adornarlo con una sonrisa se considera una forma de intimidad extrema, reservada para quienes han demostrado merecer la verdad.
Los nombres y las identidades cambiantes
Los Nekomori suelen recibir un nombre familiar durante su infancia, pero es frecuente que adopten otros a lo largo de su vida. Estos nombres pueden reflejar hazañas, profesiones, lugares visitados o identidades creadas para sobrevivir. Un mismo individuo podría ser conocido como Ren en su camada, como el Honorable Mercader Akamaru en una ciudad portuaria y como Dedos Quietos entre una banda de ladrones. Ninguno de estos nombres tiene que ser completamente falso, pues para los Nekomori la identidad no es una piedra inmóvil, sino un conjunto de máscaras empleadas en diferentes situaciones.
Revelar el primer nombre a alguien ajeno a la camada representa una muestra de confianza. También es habitual que los Nekomori utilicen apodos relacionados con hábitos, defectos o anécdotas vergonzosas. Lejos de considerarse insultantes, estos nombres recuerdan que nadie controla por completo la manera en que será recordado. Un famoso ladrón podría ser llamado Gran Sombra por los extranjeros y Cazuela Rota por su familia debido a un accidente ocurrido cuando era niño.
Algunos Nekomori llegan a abandonar sus nombres anteriores después de una gran traición, una derrota o un cambio de vida. Esta práctica puede representar arrepentimiento, pero también sirve para escapar de acreedores y autoridades. Por ello, los contratos con Nekomori suelen incluir descripciones físicas, marcas personales y firmas de testigos. Incluso entonces, no existe garantía de que el individuo descrito siga usando el mismo color de pelaje, la misma ropa o la misma forma de caminar cuando llegue el momento de cobrarle.
Fe, fortuna y los espíritus que ríen
La espiritualidad Nekomori no suele estar organizada alrededor de grandes templos. Prefieren pequeños altares domésticos dedicados a antepasados, espíritus viajeros y divinidades asociadas con la fortuna, los caminos y las oportunidades inesperadas. Es común encontrar ofrendas de pescado seco, monedas perforadas, cintas de colores y pequeños cascabeles colocados en ventanas o cruces de caminos. Estas ofrendas no siempre buscan protección; en ocasiones funcionan como sobornos dirigidos a entidades que podrían causar problemas si no reciben la atención adecuada.
Una figura recurrente en sus relatos es el Gato que Ríe Tras la Luna, un espíritu ambiguo que observa el mundo desde lugares imposibles y ofrece oportunidades a quienes saben reconocerlas. No se le considera bondadoso ni malvado. Puede guiar a un viajero perdido hacia un refugio o llevarlo hasta una bolsa de oro perteneciente a una criatura peligrosa. Sus regalos siempre contienen una prueba, y quienes los aceptan sin cautela suelen descubrir que la fortuna también posee garras.
Los Nekomori creen que el azar favorece a quienes se mantienen en movimiento. Permanecer demasiado tiempo en una misma situación permite que la mala suerte aprenda dónde encontrarte. Por ello, muchos cambian periódicamente la disposición de sus hogares, alteran sus rutas habituales y llevan amuletos que intercambian después de una gran victoria o derrota. Algunos capitanes Nekomori incluso cambian el nombre de sus barcos cada pocos años para confundir a los espíritus del viento, así como a las autoridades portuarias.
Navegantes de rutas imposibles
Su agilidad, visión nocturna y extraordinario equilibrio los convierten en navegantes excepcionales. Los Nekomori pueden desplazarse por mástiles y aparejos durante tormentas que obligarían a otros marineros a permanecer bajo cubierta. Muchos sirven como vigías, exploradores, contramaestres y pilotos especializados en atravesar campos de islas inestables. Son especialmente hábiles para detectar cambios en las corrientes de aire, escuchar crujidos en el casco y reconocer la proximidad de criaturas voladoras antes de que aparezcan entre las nubes.
Sin embargo, su disciplina a bordo depende en gran medida del capitán. Un Nekomori respeta la competencia, no el rango por sí mismo. Obedecerá a un líder capaz y podría incluso arriesgar la vida por él, pero saboteará con gusto la autoridad de un oficial arrogante o incompetente. En más de una nave, la tripulación Nekomori ha organizado apuestas sobre cuánto tardará un nuevo capitán en cometer su primer error grave. Algunos afirman que estas apuestas mejoran la atención de los marineros; otros sostienen que incentivan discretamente los accidentes.
También son conocidos por utilizar embarcaciones pequeñas y veloces, diseñadas para escapar de navíos más pesados. Sus barcos suelen tener compartimentos ocultos, velas reemplazables y mecanismos para alterar rápidamente su apariencia. Una nave mercante puede convertirse en un pesquero antes de cruzar una frontera y adoptar los colores de una casa noble al llegar al siguiente puerto. Para los Nekomori, un barco no es solo un medio de transporte, sino una identidad móvil que debe poder cambiar tan rápido como las circunstancias.
Guerreros que prefieren no combatir limpiamente
Aunque no poseen una tradición militar tan marcada como los orcos o los pueblos guerreros de otras islas, los Nekomori pueden ser adversarios extremadamente peligrosos. Prefieren armas ligeras, cuchillos curvos, arcos cortos, hondas, garras metálicas y todo tipo de instrumentos fáciles de ocultar. También utilizan humo, aceites, trampas, venenos somníferos y sustancias irritantes. Consideran absurdo enfrentarse a un enemigo en condiciones favorables para él, por lo que atacan desde posiciones elevadas, oscuridad o espacios estrechos.
Un Nekomori rara vez permanece en un combate que no puede ganar. Retirarse no es una vergüenza, sino una forma de conservar recursos para intentarlo de nuevo bajo mejores circunstancias. Esta actitud suele irritar a culturas que valoran el sacrificio y el enfrentamiento directo. Los Nekomori responden que morir con honor sigue siendo morir, mientras que sobrevivir de manera deshonrosa permite corregir la historia más adelante.
Sus mejores guerreros son duelistas impredecibles, exploradores y saboteadores. Pueden pasar horas preparando un campo de batalla, cortando cuerdas, debilitando estructuras y ocultando rutas de escape. Cuando finalmente comienza el enfrentamiento, el enemigo descubre que cada movimiento esperado conduce a una nueva trampa. Los Nekomori no buscan demostrar que son más fuertes, sino que el adversario nunca comprendió realmente la situación.
La mala fama y las verdades que contiene
En numerosos lugares, llamar Nekomori a alguien equivale a acusarlo de mentiroso. Esta reputación ha causado persecuciones, prohibiciones y abusos. Algunos mercados les exigen pagar por adelantado, ciertas ciudades limitan su acceso a edificios públicos y no faltan gobernantes que responsabilizan a las comunidades Nekomori de cualquier robo sin investigar a otros sospechosos. Estas medidas rara vez reducen el crimen; en cambio, obligan incluso a los ciudadanos honestos a recurrir a redes clandestinas para sobrevivir.
Los Nekomori reaccionan a esta desconfianza con una mezcla de resignación y desafío. Muchos consideran inútil intentar convencer a otros pueblos de que no todos son ladrones, especialmente cuando quienes los juzgan se benefician en secreto de sus servicios. En lugar de luchar contra el estereotipo, algunos lo utilizan como protección. Si todos esperan que un Nekomori robe una joya, nadie sospechará que su verdadero objetivo era copiar una carta, escuchar una conversación o ayudar a escapar a un prisionero.
La verdad incómoda es que su mala fama no es completamente inmerecida. Los Nekomori producen embusteros, contrabandistas y estafadores en gran número, y algunos se enorgullecen abiertamente de ello. Sin embargo, también existen médicos, artesanos, investigadores, navegantes y guardianes de extraordinaria habilidad. Incluso estos individuos suelen compartir la flexibilidad moral de su pueblo. Un médico Nekomori podría salvar gratuitamente a una persona pobre y cobrar una fortuna a un noble por el mismo tratamiento. Un guardián podría proteger con absoluta lealtad una reliquia y vender información falsa sobre su ubicación a siete compradores diferentes.
Aventureros del Cielo Infinito
La vida errante atrae profundamente a los Nekomori. Muchos abandonan sus comunidades impulsados por deudas, curiosidad, ambición o el simple deseo de descubrir si las historias sobre tierras lejanas son verdaderas. Se adaptan con facilidad a grupos diversos y suelen ocupar el papel de exploradores, negociadores, espías o especialistas capaces de abrir cerraduras que oficialmente nunca fueron tocadas. También son excelentes improvisadores cuando los planes fracasan, en parte porque rara vez confían por completo en el plan original.
En una compañía de aventureros, el Nekomori puede ser una fuente constante de problemas y soluciones. Tal vez haya robado el mapa que el grupo necesita, pero también es posible que el propietario del mapa los persiga desde entonces. Puede conseguir una audiencia con un gobernador, aunque nadie sabrá con certeza qué prometió para obtenerla. A menudo guarda secretos incluso cuando compartirlos sería más sensato, convencido de que toda información conserva mayor valor mientras otros ignoren que existe.
Pese a esto, un Nekomori que reconoce a sus compañeros como parte de su camada puede convertirse en uno de los aliados más fieles que existen. Mentirá por ellos, robará por ellos y se infiltrará en lugares imposibles para rescatarlos. Probablemente se queje durante todo el proceso, exija una recompensa simbólica y cuente después una versión de los hechos en la que su participación fue mucho más heroica. Pero cuando llegue el peligro verdadero, estará allí, aunque haya pasado las últimas horas asegurando que jamás cometería la estupidez de regresar.
Una sonrisa frente al abismo
En un mundo de islas suspendidas sobre un mar de nubes, donde imperios enteros pueden desaparecer después de una tormenta y cada viaje implica el riesgo de caer hacia lo desconocido, los Nekomori han hecho de la incertidumbre su hogar. No intentan imponer un orden permanente sobre el Cielo Infinito, pues desconfían de todo aquello que afirma ser eterno. Prefieren aprender a moverse entre las grietas, reconocer cuándo una estructura está a punto de derrumbarse y saltar hacia un lugar seguro antes que los demás.
Su astucia no nace solamente de la codicia, sino de una comprensión profunda de la fragilidad. Las leyes cambian, los reyes mueren, las monedas pierden valor y las promesas se rompen. Lo único verdaderamente confiable es la capacidad de observar, adaptarse y encontrar una nueva salida. Allí donde otros ven caos, el Nekomori ve posibilidades; donde otros encuentran un muro, él busca una ventana; donde todos escuchan una amenaza, él intenta descubrir qué desea realmente quien la pronuncia.
Tal vez por eso sonríen con tanta frecuencia. No porque ignoren el peligro, sino porque creen que incluso la peor situación contiene algún error que puede ser explotado. Frente al abismo, el Nekomori no reza por una salvación milagrosa ni acepta con dignidad su destino. Mira alrededor, comprueba quién lleva la bolsa más pesada y comienza a explicar, con absoluta seguridad, que conoce un atajo.

